Fracturas que definen lo que somos
Divide et impera, reza la clave que para la dominación de los pueblos utilizó el poder de la antigua Roma.
Muchos pensamos que la cadena de poder en la civilización actual sigue siendo fiel heredera de la del antiguo imperio romano, pero dejando aparte asuntos teóricos, pocos podrán poner en duda que es precisamente en la actualidad cuando esa máxima estratégica ha alcanzado su punto mas álgido.
Son varias las fracturas que nos han llevado a esta situación a lo largo de la historia, como la misma manipulación de ésta en detrimento de una transmisión mas oral y directa, sin ir mas lejos, además de fracturas de convivencia, generacionales, sexuales e individuales. Dejamos de ser fuente de costumbres, moral y cultura como colectivo, como sociedad y como individuos y hemos ido delegando todos estos aspectos tan vitales a manos de la politización y del estado.
No deberíamos esperar que valores tan innatos como la decencia (y no me quieran confundir los modernos con mojigatería u otras cuestiones de carácter religioso), la libertad o la justicia, emanen del poder estatal. Poder que la historia, la real, la de las vidas privadas y colectivas nunca ha podido demostrar que surgiera naturalmente del pueblo llano.
De esto nos habla Prado Esteban en este magistral artículo que no tiene desperdicio alguno y que estoy convencido de que a todo aquel que pase de los cuarenta, no dejará indiferente.
Fuente: http://prdlibre.blogspot.com.es/
FRACTURAS QUE DEFINEN LO QUE SOMOS (Apuntes para una estrategia)
“Puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que
sucumbe, pero jamás el que abandona el combate”
Thomas Carlyle
Se preguntaba Simone Weil en una ocasión cual es el motivo de que los pocos prevalezcan sobre los muchos y que estos últimos se dejen avasallar por quienes son minoría y por ende habrían de ser más frágiles, y se contestaba ella misma a continuación que ello es consecuencia de que la minoría está unida y la mayoría separada.
No es un descubrimiento nuevo aunque se siga olvidando su importancia, para Roma la máxima “divide et impera” fue un principio estratégico decisivo.
Cuando el pueblo dejó de ser pueblo y se tornó “masa” abandonó la condición de sujeto colectivo para ser la suma de seres sin conexión entre sí que somos hoy.
La sociedad actual es el resultado de un conjunto de fracturas que representan el fracaso de todo lo colectivo y por lo tanto también la imposibilidad de hacer frente al sistema.
La fragmentación de la sociedad es infinita, la creación de grupos de intereses corporativos cada vez más específicos, la obsesión por las “minorías”, los victimismos, los derechos, las reivindicaciones y los perfiles identitarios cerrados son algunas de las formas que adopta la sociedad de las fracturas, la sociedad del desencuentro entre iguales, pero estos guetos no son naturales ni auto-generados sino que se han fabricado sobre los grandes desgarros que introdujo la modernidad.
Hablaré de algunas de estas brechas que conforman los ejes de las roturas sociales básicas hoy:
LA FRACTURA CONVIVENCIAL ESTRUCTURAL
El pueblo fue el no-Estado, un “otro” molesto y amenazador cuando tuvo proyecto propio, instituciones, costumbre por encima de la ley, idiosincrasia y cultura distintiva y creadora.Todo ello estaba inscrito en unas estructuras políticas (el concejo), económicas (el comunal ) y estrictamente convivenciales (el apoyo mutuo y las formas, ritos, fiestas y costumbres de la vida colectiva) pero estas maneras de relacionarse y organizarse eran la expresión de un modo de entender el sentido y significado de la vida humana y de un proyecto de comunidad que permitiera llevarlo a cabo.
La destrucción de las bases materiales de la sociedad popular, la persecución de todas las instituciones que lo sustentaban, ha sido el centro del proyecto estratégico del Estado. De ese proceso histórico de demolición de todas las estructuras convivenciales traté en “Sobre el sujeto de la revolución” http://es.scribd.com/doc/143644195/Sobre-el-sujeto-de-la-revolucion-Reflexion-sobre-estrategia-Prado-Esteban
Los instrumentos para desmontar una estructura que se mantuvo durante siglos y que ha sido desmantelada en un periodo sorprendentemente corto han sido la ley (que se apoya en los instrumentos de la violencia que permiten imponerla), la represión por la violencia y el adoctrinamiento por un lado (todo ello tratado en “Sobre el sujeto de la revolución”), y por otro la transformación de los cimientos de la vida colectiva.
Tal vez una de las armas más importantes en este proceso fue el masivo desplazamiento de población desde el campo a la ciudad y la rotura con ello de la comunidad vecinal. El espacio de la ciudad es naturalmente desordenado y dislocado así como la vida en ella a la que le falta unidad porque está sustancialmente fragmentada en actividades y situaciones alejadas entre sí física y estructuralmente.
Otro fundamental golpe fue el trabajo asalariado que es trabajo gregario pero no colectivo, en la empresa capitalista cada obrero es ajeno a los demás, se relaciona con su parte de tarea, con las máquinas y con los superiores jerárquicos. Como no se decide nada sino que todo viene establecido desde arriba nada se discute ni se acuerda entre los pares y por lo tanto el sujeto es siempre un solitario frente a su labor.
Pero el más letal fue la creación del “Estado del bienestar”, una auténtica bomba en la línea de flotación de la socialidad popular que hizo a todos independientes de sus iguales y asociados al Estado de forma trascendental. El Estado del bienestar desmanteló las obligaciones vitales que ordenaban la sociedad del pasado y devastó la última célula de vida afectiva, la última institución natural que había sobrevivido del desastre, la familia.
La casi completa mercantilización y burocratización de las necesidades vitales ha sido el último acto de esta tragedia.
La convivencia no es una idea o una emoción, descansa sobre las ideas pero se sustenta en una base material de interdependencias, proyectos y trabajos comunes, cercanía física, obligaciones y compromisos y amor en obras. Desgajado de su materialidad pierde fuerza y desaparece. Por ello el desmantelamiento de las bases estructurales de la convivencia popular fue el motor decisivo del desmoronamiento de la convivencia en sí.
La fractura convivencial es uno de los mayores éxitos del sistema, es también una de las causas de mayor dolor y enfermedad social y personal del momento, pero, hoy por hoy sigue siendo una situación insuperable.
A la fragmentación social se añadió la fractura ideológica, esta aparece en la forma de religión secular o religiones políticas que han sido otra de las creaciones letales de la modernidad liberal. El “derecho” al voto fue el instrumento para dividir a los de abajo introduciendo a través de las adscripciones ideológicas el veneno del doctrinarismo, la intolerancia y la enemistad entre iguales.
Carl Schmitt, en “El concepto de lo político” define la política como el arte de señalar al enemigo, y así es, efectivamente, el sistema de partidos que se basa en la polémica y el enfrentamiento. No se trata de discutir sobre la veracidad de las cosas, sobre el bien o lo eficaz sino oponerse en todo al otro y maximizar el antagonismo, así es como funciona el parlamento y todas las instituciones de la partitocracia.
En esencia estas guerras son solo un espectáculo puesto que el Estado tiene una unidad esencial en sus proyectos estratégicos. Esta teatralización forma parte de la manipulación de las masas de votantes que son adoctrinadas en el permanente conflicto y el dogmatismo más hosco.
El “homo politicus” es la nueva criatura del Estado que hace (o debe hacer) de las afinidades ideológicas el eje de su existencia, por ello el sistema de partidos es el más eficaz creando división en el pueblo, enfrentando a los pares en conflictos que son en realidad guerras ajenas, guerras que se libran en nombre de las doctrinas, las creencias y los dogmas, y que favorecen siempre a quienes dictan la ortodoxia y tienen la potestad de perseguir las herejías.
La trituración del sujeto a través del trabajo asalariado, la especialización, el adoctrinamiento y la ausencia de libertad permite su manipulación ideológica y política, por lo tanto el sistema partitocrático precisa que cada uno de nosotros nos achiquemos hasta el infinito.
Por el contrario la realización del pueblo solo puede darse en la superación de las ideologías, a partir de un ideario que implique la tolerancia, la búsqueda colectiva de la verdad y la justicia como valores superiores al interés particular o corporativo, la convergencia sobre las necesidades vitales, el respeto a la diversidad, el ascenso de lo privado y lo individual que es la base de la vida cooperativa, la autogestión y la autoconstrucción.
La revolución tiene que recuperar la noción de amistad como valor superior a la ideología, un valor que permite la fusión de los afines y los discrepantes en la lucha común por desentrañar la verdad y buscar la mejora social que permite la escucha y busca la suma de todo lo bueno y lo bello que produce una sociedad dada con independencia de su origen.
LA FRACTURA GENERACIONAL
La generación de quienes tienen hoy menos de 30 años posee una particularidad terrible, carece de raíces en el pasado, es una generación que se ha desgajado completamente de la historia, una generación forjada en “lo nuevo”. No se trata de una generación rupturista puesto que ellos no han roto con un pasado que desconocen por completo, simplemente ha nacido fuera de los parámetros en que han vivido sus ancestros y de la línea de continuidad de la historia.La ruptura generacional se fraguó a lo largo del siglo XX. Generación tras generación se fueron ampliando las corrientes rompedoras, juvenilistas, modernizadoras. El término tradición y mucho más el vocablo conservador tomaron tintes de extrema negatividad más allá de todo análisis o rigor sobre su significado real.
En contra de la creencia común la exaltación de los movimientos juveniles tuvo algunos de sus máximos exponentes en el fascismo y el nazismo que crearon potentes movimientos juveniles que buscaban integrar a las nuevas generaciones en un vínculo casi religioso con el Estado. En 1933 Hitler declaró en Keel que cuando un adversario le decía que no estaría nunca a su lado él le contestaba “tu hijo ya nos pertenece”. El franquismo hizo lo propio creando el Frente de Juventudes en 1940, continuación de las organizaciones juveniles anteriores de la Falange Española.
Los movimientos contraculturales de los sesenta, mucho más agresivos y con un distintivo ideológico contrario fueron, sin embargo, continuistas en lo esencial con los anteriores. En el Estado español colaboraron con el régimen de Franco en el acoso al mundo rural, la tradición y el pasado popular y en la exaltación de lo urbano, lo nuevo y lo moderno. Gracias a esa coyunda entre el franquismo y los que se decían anti-franquistas se consiguió expulsar a seis millones de personas del espacio en el que nacieron y en el que vivieron y murieron sus ancestros, para poblar las ciudades y las fábricas y oficinas del régimen.
La vida urbana y la salarización de la mayoría de la población masculina primero y luego también de la femenina y la universalización de la educación para todos los niños y niñas y los jóvenes cambió sustancialmente los modos de vivir y la familia. El franquismo fue el auténtico artífice de la destrucción de la familia (http://prdlibre.blogspot.com.es/2012/06/una-nueva-reflexion-sobre-la-familia-en.html) que nunca más volvería a ser la institución potente y autoconstruida que fue en el pasado.
Los jóvenes actuales son, en lo esencial, una construcción del sistema educativo y la industria de la conciencia y del entretenimiento. Para que esto pudiera hacerse había que hacer retroceder a la comunidad que educaba y a los padres y madres que protegían a su prole y les enseñaban el mundo, la vida, los valores básicos con los que enfrentarse a la existencia y la supervivencia. Para las nuevas generaciones la verdad, los valores y la vida son asignaturas, conocimientos librescos, nada.
La divergencia respecto a esta gran revolución negativa es tan pequeña que resulta insignificante, en lo esencial se ha consumado una rotura que es civilizacional y que significa la pérdida de conexión con los saberes, habilidades, emociones y proyectos forjados durante siglos y en los que cada generación se involucraba asumiendo lo creado por sus mayores de forma creativa y constructiva lo que significa que podía mantener unas partes, desechar otras y aportar lo propio de su tiempo.
Además de la desaparición de la familia la perturbación del nacimiento es otro factor decisivo en la aparición de un ser desgajado de su raíz. La intervención sobre el embarazo, el parto y la crianza ha tenido un crecimiento espectacular en los últimos sesenta años.
La sustitución de las mujeres de entorno y las parteras como principal sostén de la embarazada por los médicos y los hospitales fue iniciada por el franquismo al mismo tiempo que en el resto de Europa. Antes, desde el año 1939, la Sección Femenina de Falange comenzó a impartir clases sobre cuidados en el embarazo, el parto y la crianza, a poner en cuestión todo lo que las mujeres sabían para “enseñarles” (ellas que no tenían hijos) los fundamentos de la crianza.
El franquismo creó un modelo de madre adoctrinada para servir a los hijos sin amor, volver la espalda a sus raíces y escupir sobre su pasado, educar a sus hijos e hijas para romper con ese pasado y pensar únicamente en el medro, el ascenso social y el dinero, no obraron así todas las madres pero lo hicieron las suficientes para cambiar radicalmente la sociedad de su tiempo. Sus hijos e hijas fueron los artífices de la ruptura con el mundo de sus abuelos y sus padres. Pillados entre la falsificación franquista de la tradición, el auge de la contracultura y las carencias afectivas, celebraron la modernidad que avanzaba y se sintieron más libres de la carga de la historia.
Esa generación pasó más años en el sistema educativo que ninguna otra en la historia hasta entonces, pero no tanto como sus hijos, los jóvenes de hoy, que han sido abducidos por la escuela y la ingente industria de la conciencia, la publicidad, las redes e internet,. Dominados por un sistema cada vez más enloquecedoramente adoctrinador y destructivo han sido despojados de todo conocimiento auto-construido, de toda conexión con la propia experiencia y realidad, desposeídos de lenguaje, emociones e ideas propios y no estereotipados, literalmente vaciados de todo saber genuino y de las habilidades y capacidades que se conquistan por la propia acción, la observación, la imitación y la relación con los iguales.
Se espera de ellos que no tengan mundo interior, raíces ni afectos que les sujeten a la tierra, que sean mudables y nómadas según las necesidades económicas del capitalismo o las estrategias políticas del Estado, por eso miles de ellos, ahora, abandonan su tierra para poblar otros países con la única aspiración de un salario que les procure un consumo de bienes y productos algo mayor que en el solar de sus mayores.
Hasta tal punto se ha roto la línea de continuidad entre las generaciones que se ha perdido el lenguaje común incorporando al idioma una avalancha de tics y tópicos, vocablos polivalentes e indefinidos y términos tomados sobre todo del inglés que sería ininteligible para nuestros abuelos. Se han transformado los actos humanos primarios, el acto de comer, de copular, de parir, de criar, las formas de vivir, divertirse, todas las experiencias que constituyen la trama más elemental de la vida son hoy profundamente diferentes de lo que fueron para nuestros abuelos.
No obstante siguen quedando resistencias sordas e hilos de conexión y de conciencia que afloran en forma de islas en una sociedad cada vez más homogénea pero todavía no totalmente uniformizada. Aparecieron también estos síntomas en las acampadas del 15M en las que la cualidad de ser inter-generacionales fue celebrada por todos. Pero la rápida derrota del movimiento de mayo fue un empujón a nuevos avances en la destrucción de la juventud y la ampliación de la fractura.
LA FRACTURA ENTRE LOS SEXOS
No es nueva la guerra entre los sexos, el Estado ha usado el enfrentamiento entre mujeres y hombres de forma recurrente a lo largo de la historia, pero la actual contienda se ha exacerbado tanto, ha generado un grado tal de destrucción, que amenaza con liquidar la especie.El patriarcado siempre ha separado a los sexos, siempre ha establecido fórmulas de división y enfrentamiento y jerarquías sociales que sostengan las jerarquías políticas. Es lógico porque cuando las mujeres y los hombres estuvieron unidos y se sintieron concernidos por los problemas de todos el pueblo fue fuerte y no sumiso. En nuestro suelo las mujeres y los hombres del pueblo en la sociedad medieval y preliberal, e incluso hasta la guerra civil, compartían todos los problemas de la vida y los enfrentaban juntos, eso les hacía duros y tenaces frente a la opresión.
La nueva guerra de los sexos consiste en culpar a los hombres de ser el origen de la dominación sobre las mujeres y exculpar al Estado de cuya ley proviene, al menos en Occidente, lo esencial de la opresión femenina (este tema lo hemos abordado Félix Rodrigo y yo en “Feminicidio o auto-construcción de la mujer” con una fundamentación exhaustiva)
El Código Civil de 1889 estableció por imperativo legal la subordinación de la mujer al hombre en el matrimonio y su limitación en la esfera social a la vez que la obligación del varón de protegerla y alimentarla, convirtiéndola así en una menor de edad permanente. Hasta esa fecha y desde 1820 el pueblo había luchado contra la codificación y a favor de su derecho consuetudinario que era no romano y no patriarcal, lucharon hombres y mujeres unidos contra la preterición legal de la mujer, la destrucción de la familia extensa y la intromisión del Estado en la vida privada igual que lucharon unidos contra la conscripción masculina y las Quintas.
El Código tuvo una aplicación escasa hasta la guerra civil, las limitaciones legales a las mujeres para firmar contratos o tener cuentas bancarias afectaban a las de las clases altas pero no al pueblo, especialmente en la ruralidad, cuyo uso siguió siendo hacer los tratos sin pasar por los trámites administrativos del Estado, mantener la costumbre de tomar decisiones en familia (no solo contando con la pareja sino también con los hijos desde edades tempranas) y sostener los vínculos como habían sido tradicionalmente con independencia de la ley positiva del Estado.
Fue el franquismo el régimen que consiguió hacer del Código Civil de 1889, que no fue derogado en la II República y que aún hoy sigue vigente, una ley aplicada realmente a la vida del pueblo. Muchos actos de la vida comenzaron a ser sometidos a control e intervención del Estado, incluyendo la organización de la familia.
El régimen de Franco fue pionero en la expansión de la fractura entre los sexos. En 1948, en el momento más represivo del régimen, se publicó “La secreta guerra de los sexos” de María Lafitte, condesa de Campo Alange. Ese texto profundamente sexista presenta al patriarcado como la consecuencia de una rebelión de los hombres contra las mujeres. Muy poco se diferencian sus tesis fundamentales de las que defenderá Simone de Beauvoir en “El segundo sexo” publicado un año después, en 1949, y que cita la condesa elogiosamente en la segunda edición de su libro en 1950.
Tanto la aristócrata feminista como la Sección Femenina, que en sus informes acusaba a los hombres de la ruralidad de maltratar a sus mujeres, fueron eficacísimas colaboradoras en el asentamiento del régimen. Acusan de machistas a los varones del pueblo y especialmente a los de la ruralidad porque fueron los más beligerantes contra el nuevo régimen. Sus calumnias se vierten sobre los hombres que tomaron las armas en el maquis, que fueron el 95% de los fusilados, que poblaron las cárceles de Franco, sobre los miles que murieron en el año 1941 en una extraña epidemia de latirismo mediterráneo que solo afectó a varones jóvenes, es decir, a hombres que se envenenaron comiendo únicamente almortas para dejar la poca comida decente que podían conseguir a sus mujeres, seguramente embarazadas o lactantes, y a sus hijos pequeños.
Pero el feminismo androfóbico no conoce fronteras ideológicas, antes que ellas Mujeres Libres durante la guerra civil denunciaba el machismo de los hombres del pueblo que tenían cientos de miles de bajas en las batallas (130.000 en la Batalla del Ebro), mientras apoyaba y aplaudía la retirada de las milicianas del frente que justificaron con un argumento machista que niega la capacidad y responsabilidad de las mujeres en la lucha por la libertad al decir que “reconociendo su propio valor como mujer, prefirió cambiar el fusil por la máquina industrial, y la energía guerrera por la dulzura de su alma de mujer”.
El franquismo fue pionero en institucionalizar la política para las mujeres y crear el primer feminismo de Estado, por eso no es de extrañar que buena parte del feminismo ortodoxo del presente se haya empezado a quitar la máscara y se deshaga en elogios a la Sección Femenina de la Falange como por ejemplo Manuela Carmena de Podemos.
El nuevo patriarcado estableció la separación radical entre las mujeres y los hombres y la custodia y tutela de las mujeres por el Estado. La influencia del poder sobre la vida social a través de las mujeres se incrementó considerablemente y en numerosas ocasiones fueron movilizadas para llevar a cabo proyectos de enorme envergadura como fue la despoblación rural y la masiva emigración a las ciudades.
En 2004, cuando se aprobó por unanimidad en el parlamento español la Ley de violencia de Género las relaciones entre las mujeres y los hombres estaban ya dañadas irremediablemente, el nivel de incomprensión, desencuentro y desconfianza era tan alto, el resentimiento y el miedo tan poderoso -en las mujeres porque habían interiorizado la idea de un agravio histórico universal y sádico del grupo de los varones sobre ellas y en los hombres porque desconfiaban de sus compañeras y de sí mismos- que no ha habido ni el más mínimo atisbo de lucha común contra una ley que lejos de ser un error escondía uno de los más ambiciosos proyectos de ingeniería social llevado a cabo nunca.
El programa de la ley incluía, entre otras cosas, la reescritura de la historia e incluso de la biografía de millones de mujeres y de hombres, el desvanecimiento de la realidad velada por un muro de dogmas, mentiras y medias verdades, y mucho más que eso, la creación de una corriente de depravación social por la desaparición de la idea de justicia y equidad como valores universales y la naturalización de la mentira, el odio y la venganza como formas corrientes y aceptadas de tratar los desacuerdos.
Estos han sido ingredientes, junto a otros muchos tanto ideológicos como estructurales, de un avance de la violencia entre las mujeres y los hombres que se ha hecho bidireccional y cada vez más simétrica, más grave y más significativa.
Entre las estructuras de vida que han colaborado a la crisis de la relación entre varones y mujeres se encuentra el trabajo asalariado que, al separar (en general) físicamente durante un tiempo creciente a los amantes los hace cada vez más ajenos y lejanos. También la mercantilización de casi todos los productos y actos para el sostenimiento de la vida; los cuidados que antes se recibían en el seno de la familia cargados de compromiso y afecto, ahora se compran como productos manufacturados o servicios de expertos desprovistos de todo valor afectivo lo que genera un sentimiento de carencia y hambre de amor permanente lo que es fuente de desencuentro e incluso de agresión.
La caída de los nacimientos es otro factor importante en estos procesos. Las criaturas han sido en el pasado tanto causa como consecuencia de la cohesión social y de la permanencia y duración de los vínculos entre mujeres y hombres. Hoy, con 1,2 hijos por mujer la sociedad no solo no es viable por la inversión de la pirámide demográfica sino por la deshumanización de la vida. La falta de la infancia en la cotidianidad social crea sujetos tristes y solitarios por naturaleza. Los vínculos entre los hombres y las mujeres cuando faltan proyectos comunes trascendentes, y los hijos lo son, son más difíciles y menos duraderos.
Otro germen de dolor y alejamiento entre los sexos es el declive de la vida erótica. El descenso en calidad y cantidad de la vida sexual es una realidad que se oculta por la credulidad de quienes admiten el relato de los medios que afirman que vivimos en una sociedad que ha superado la represión sexual del pasado. Como en tantos asuntos la realidad inventada tiene más fuerza que la experiencia que calla y desfigura y la mentira se sostiene por la vergüenza y el aturdimiento que sufren quienes creen ser excepcionales en su desgracia sin comprender que no viven otra cosa que el signo de los tiempos. Tanto el deseo, como capacidad del alma afectiva y emocional como las condiciones físicas como potencia y voluntad del cuerpo han sido gravemente dañados por un conjunto de factores orgánicos, emocionales, ideológicos etc. que son tan complejos y forman una barrera tan tupida que serán muy difíciles de superar.
La médula de la sociedad humana, cuando ha existido como sociedad horizontal y no de castas y jerarquías, han sido siempre los vínculos derivados del Eros, desde ellos se amplía la vida afectiva y social del individuo en círculos concéntricos cada vez más amplios, desde la intimidad casi simbiótica de quienes comparten sangre y origen hasta los sentimientos más universales de pertenencia a la humanidad. Al romper el vínculo sexual entre mujeres y hombres se llega a destruir la entraña de la vida civilizada conocida hasta el presente ¿Qué vendrá después? No lo sabemos.
LA FRACTURA DE LA HISTORIA
Hasta el hace poco cada sujeto vivía en la línea de continuidad del tiempo que se mantenía por la memoria colectiva, la cultura heredada, la transmisión oral, la recuperación de las mejores obras escritas en el pasado, el legado literario y arquitectónico, la tradición oral, los objetos, la ley no escrita de la costumbre y también a través de los libros, la historia narrada, la filosofía y, durante mucho tiempo, la religión.En los breves momentos en que se fusionó la tradición culta de la historia y la filosofía clásica con la tradición del pueblo, como por ejemplo en monacato revolucionario de la Alta Edad Media, la capacidad de transformación y revolución se proyectó enormemente, la separación entre ambas robó trascendencia y altura de miras a la cultura popular y fue causa, sin duda, de su derrota final.
Siempre fue el individuo un individuo inscrito en una línea de continuidad con el pasado pero el Estado emergente de la revolución liberal tenía la potencia suficiente para romper ese continuum y decretar el inicio de una era completamente nueva, en Francia lo hicieron materialmente cambiando incluso el calendario.
Pero quienes llevaron hasta sus límites la idea de reescribir la historia fueron precisamente las revoluciones proletarias que llevaron hasta sus últimas consecuencias el programa político de la revolución liberal y el capitalismo como denuncia Orwell en “1984”.
La rotura de la sociedad popular exigía romper la permanencia de las instituciones del pasado, el recuerdo de la forma y manera como se habían organizado los antiguos, rasgar la memoria para que apareciera el presente como único existente. Los liberales acuñaron el término de la “Edad oscura” para definir el tiempo en el que se habían creado los fundamentos de su enemigo natural, el pueblo, vertió ríos de tinta sobre el carácter supersticioso y fanático de esos tiempos. Su anticlericalismo era, antes que nada, un odio compulsivo por el cristianismo popular de la sociedad de los concejos y los fueros, puesto que con la jerarquía eclesial de su tiempo tenía el Estado liberal las mejores relaciones posibles.
El proyecto de despoblación rural incluyó una nueva ofensiva en este asunto. Aunque el plan lo gobernó el franquismo el mayor peso en la construcción de la mentira sobre el mundo rural lo llevaron los intelectuales y artistas de izquierda que escupieron su ponzoña durante años acusando a los habitantes del campo de ser incultos, zafios, machistas, groseros, violentos e inhumanos.
La devastación arquitectónica que produjo el gran movimiento de población de mediados del siglo XX, borraron la huella material de los ancestros, muchos pueblos se derrumbaron literalmente, las ciudades demolieron los antiguos edificios para construir enormes barracones verticales en los que alojar a sus nuevos habitantes. El paisaje cambió. Cada generación vivía en un nicho que se parecía poco o nada al que recordaban sus mayores lo que estimulaba la rotura generacional.
Si hasta entonces la vida de un sujeto cualquiera se producía en un proceso de continuidad y cambio pero siempre sujeto a la persistencia de elementos de fusión con el pasado, de repente esto cambió. Las modas, la cultura, los rápidos movimientos juveniles aceleraron los cambios (que ya no eran dirigidos por sus propios protagonistas sino creados en los gabinetes del poder).
El nuevo patriarcado, fundado sobre el enfrentamiento entre los sexos, elaboró también su propia versión del pasado para culpar a los hombres del pueblo de las desgracias de las mujeres.
Es así que el sujeto del presente ha perdido toda referencia cultural e histórica. Su memoria está atrofiada, el paisaje en el que vive es de creación tan reciente que nada dice del pasado.
Se ha producido de forma real y no figurada el fin de la historia
LA FRACTURA DEL SUJETO
En el camino de romper, disgregar y atomizar se ha llegado hoy a las cotas más altas y destructivas, el poder anida en lo más recóndito de cada individuo y va fragmentando su pensamiento, sus emociones, su voluntad y su existencia. Es el propio yo el que está sumido en una fractura interior, en una profunda esquizofrenia entre lo que siente, dice, piensa y hace.
¿De dónde procede esa personalidad quebrantada y herida? Los factores son múltiples y complejos y tienen una potencia descomunal porque se afirman y multiplican en su interacción.
La capacidad de injerencia en la vida que tiene hoy el sistema es más potente que en ningún otro momento de la historia. Nada sucede en la vida de una persona hoy por voluntad de ser o gana, todo está pautado, organizado y decidido casi desde la concepción pues incluso la experiencia intrauterina es supervisada por los expertos.
Las criaturas son intervenidas desde su nacimiento, pediatras, matronas, enfermeros, autoras de catecismos de crianza, expertos y especialistas pesan, miden, normalizan y reglamentan todas las funciones del bebé y la madre.
Una parte cada vez mayor ingresa en el sistema educativo casi recién nacido y es obligado permanecer en él hasta la juventud e incluso más allá pues llegan al inicio de la madurez a estar todavía en la universidad, allí serán disciplinados y adoctrinados por un número de años tan alto que conseguir la libertad de conciencia y el pensamiento propio será una tarea casi sobrehumana.
Se inician en la vida adulta cada vez más tarde por ello carecen de experiencia y voluntad en las etapas más fértiles y enérgicas de la vida. Esto refuerza la fractura generacional porque, lejos de sumarse a las generaciones anteriores en la lucha por la supervivencia y por la mejora del entorno recibido, permanecen infantilizados durante un largo periodo, ajenos a sus mayores, viviendo en un mundo tan cómodo como falso.
Sometidos no por la fuerza de la represión sino por el amaestramiento espera el sistema que sean los esclavos felices. No tienen ideas propias y se doblegan a lo políticamente correcto o a cualquier doctrina que les vendan ya terminada por pura pereza.
Desde que el Estado intervino la familia, lo que se hizo eficazmente aquí en el franquismo, las carencias afectivas han sido el sino de casi cada criatura que llega al mundo, la madre franquista, trasmutada en ama de casa frustrada, neurótica por el achicamiento existencial de la vida doméstica, y la madre del post-franquismo agobiada y descompuesta por jornadas laborales extenuantes, sin energía para cuidar a su menguada prole cuya crianza, a pesar de ello, exige cada vez más esfuerzo y sacrificio, comparten la misma condición de haber trocado la atención y el amor por los fríos servicios a los hijos, las más mayores actuando de criadas, las otras de chóferes y financiadoras de las múltiples actividades, y ocupaciones de sus vástagos. El sujeto de nuestro tiempo ha recibido más atenciones que las generaciones que le precedieron y sin embargo permanece siempre hambriento de amor. Esa condición de indigente afectivo le hace frágil y maleable, necesitado de reconocimiento exterior y mirada sostenedora y por lo tanto heteroconstruido.
La identidad personal no resulta ya del recorrido vital, la experiencia y la búsqueda esforzada de un sentido a la vida. La identidad es manufacturada en la industria de la conciencia, fabricada en serie como patrones de clasificación de personas. En la sociedad de las etiquetas unos se nombran por su profesión, otros por su ideología o por su condición sexual. Cortan y recortan, retocan, liman y corrigen sus contornos para someterse a la taxonomía de las identidades, a la norma de la fabricación en serie.
Todas estas cosas pueden hacerse porque hay una estructura que sostiene el mal y lo multiplica. Un caso es la especialización a que se somete al individuo hoy que rebaja su capacidad para comprender el mundo puesto que hace que los conocimientos pierdan su carácter transformador al quedarse fuera de un contexto proyectivo y práctico. El conocimiento queda así también fragmentado, roto e inerme como potencia regeneradora. De manera que las generaciones “más preparadas” de la historia son también las más incultas y las más impotentes porque solo saben de la parte, de lo parcial de lo casi infinitesimal de algún asunto, desconociendo todo de lo global.
La pérdida del lenguaje es la consecuencia natural de no tener con quien comunicar y carecer de elaboraciones mentales propias, es decir, no tener qué comunicar. Por eso el lenguaje de la sociedad actual es estereotipado y confuso salvo cuando se trata de recitar de memoria consignas o tópicos. Esta condición estimula el crecimiento de las religiones políticas del presente que se basan precisamente en la monótona cantinela de un estribillo recitado de memoria.
Esta nueva criatura carece de instrumentos para resistir al mal y por lo tanto ha de someterse a él. No está unido a los otros, no conoce la realidad, no tiene capacidad de satisfacer casi ninguna de sus necesidades básicas que ha convertido en mercancías que compra en el mercado.
El individuo de este siglo es un enclenque en su cualidad humana, las fracturas que se produjeron anteriormente le han robado los ejes en que se sostiene la fuerza individual, no tiene un entorno afectivo y humano que le apoye, conoce las mayores dificultades para establecer vínculos afectivos duraderos y un porcentaje muy alto no tendrá hijos. Es huérfano de forma trascendental porque no comparte casi nada con sus progenitores y porque se ha emancipado de la historia, sus conocimientos no son válidos para la supervivencia porque sabe de la parte pero no del todo, no puede comprender la realidad por sí mismo y necesita que le descifre el mundo la autoridad, no sabe vivir sin la protección y ayuda de las instituciones políticas, lo delega todo a través del voto y el dinero que le proporciona servicios y productos de mercado. Es, por lo tanto, un solitario ontológico, completamente independiente de sus pares y siervo dependiente del Estado y de la empresa y un incompetente para la supervivencia porque su inteligencia está quedando atrofiada por la falta de esfuerzo creativo.
Llegados a este punto es obvio que las tres dimensiones de lo humano que citaba Zubiri, la personal, la social y la histórica están hoy profundamente dañadas, lo están de una manera tan significativa y profunda que no sabemos si la situación es reversible.
Las roturas infligidas a la sociedad humana son trascendentales, tienen un carácter civilizatorio pero en el momento presente pueden afectar incluso a la evolución de la especie.
Las grandes transformaciones estructurales tendrán una repercusión en la cualidad somática de las siguientes generaciones. El ser humano domesticado está perdiendo cualidades esenciales, como pasó a las ovejas que tras la domesticación perdieron masa cerebral en muy pocas generaciones, la humanidad puede estar a las puertas de una mutación radical de sus capacidades y sus funciones más propias.
Que la cópula humana comience a ser un acto excepcional sometido a la intervención de los expertos, que el nacimiento sea cada vez más artificializado o que las mujeres pierdan su capacidad de dar a luz por sí mismas ha transformado todos los procesos somáticos que presiden esos actos, procesos que están asociados a episodios afectivos y vinculatorios, Las hormonas que lideran los trances del amor conocen una fase de atrofia y raquitismo que puede hacerse epigenéticamente hereditaria. El individuo del futuro puede ser asocial y solitario no como producto de una decisión sino sustantivamente, desde lo más interior, por carecer de los impulsos eróticos que llevan al interés por el otro y a acoger a la especie. (de ello he hablado en http://vidasana.org/noticias/la-ecojusticiera-natural-la-extincion-del-eros)
La pérdida del lenguaje humano y su sustitución por un código estereotipado y funcional es otro gran mazazo a la organización física de la persona, el cerebro puede estar mutando por la falta de esos procesos de creación, igual que por la ausencia de trabajos manuales y esfuerzo físico que degradan tanto la psique como el cuerpo.
La desaparición de la capacidad simbólica que ha acompañado a la humanidad desde su origen, de la organización ritual de la vida y de la muerte, del sentimiento de trascendencia, del silencio, la meditación, el recogimiento, la observación del mundo y la aparición de una generación de individuos que viven de forma permanente conectados a las pantallas tendrá una traslación física, psíquica y espiritual en la evolución del linaje humano.
A todo ello hay que sumar la devastación del nicho ecológico de la especie, la destrucción natural es tan aterradora que no sabemos si habrá una morada habitable para nosotros cuando volvamos los ojos.
No es seguro que seamos capaces de volver a unir lo que hoy está separado pero lo que es indudable es que somos nosotros, esos seres dañados y achicados, los que tenemos que hacerlo. En el propio acto de asumir alguna parte de la enorme tarea pendiente iremos reconstruyendo la fuerza y los conocimientos para sostenerla (http://prdlibre.blogspot.com.es/2014/12/elogio-de-la-iniciativa-individual.html) .
Tendremos que aceptar el dolor, el sacrificio de lo accesorio y aún de lo importante, el agotamiento, la pérdida, la privación y, sin embargo, seguir sosteniendo la vida (http://prdlibre.blogspot.com.es/2015/03/integral-e-integradora-la-revolucion-y.html).
No aspiro a grandes movimientos para abrir estos procesos, el compromiso ha de ser personal e intransferible porque la fuerza de lo común hoy solo puede sostenerse en la potencia de lo individual.
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