Durante dos años, un misterioso equipo de informáticos y matemáticos se encerró en un recinto sin ventanas, aislado en un extremo del ala norte del cuartel general electoral, en Chicago, del presidente norteamericano. Sólo el jefe máximo de la campaña, Jim Messina, estaba al corriente de lo que ocurría bajo estricto secreto entre las cuatro paredes de aquella sala blindada, donde una formidable maquinaria dirigida por el científico jefe Rayid Ghani funcionaba 24/7 (veinticuatro horas diarias, los siete días de la semana) calculando sin cesar complejas ecuaciones. Regularmente, los técnicos viajaban a Washington para abrir sus portátiles y tablets en la Roosevelt Room de la Casa Blanca e informar de sus avances al propio Obama y a un reducido grupo de sus más fieles colaboradores.

Cuando los periodistas trataban de sonsacar al portavoz de la campaña, Ben LaBolt, sobre el significado de aquellos impenetrables experimentos, con extraños nombres clave como Narwhal o Dreamcatcher, que se desarrollaban en lo que acabó llamándose "La Cueva", él se limitaba a bromear: "Son nuestros códigos nucleares".

Tres días antes de las votaciones, cuando todos los sondeos auguraban un empate absoluto entre los dos candidatos, Obama padecía el índice de popularidad más bajo en campaña de cualquier presidente desde 1980 (Carter, arrollado por Reagan 489 a 49) y la tasa de desempleo permanecía más alta de lo que ningún inquilino de la Casa Blanca había sido capaz de superar desde Reagan (en su reelección del 84), el máximo estratega del líder demócrata, David Axelrod, reunió al gabinete presidencial de crisis y sentenció: "Ahora, lo único que tenemos que hacer es ejecutar"... y Chicago disparó el arma electoral total.