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El drama tardolescente


Este artículo habla sobre toda una generación o generaciones de "tardolescentes" que supimos a duras penas conservar algunos rescoldos de viejos valores pero se nos forzó a una adolescencia sexual tardía, lenta y en muchas ocasiones, agónica. Sometidos a un alejamiento constante del sexo femenino. Alejándonos de nuestro complemento natural  y sometidos a una infausta cruzada doctrinal y mediática con la falsa bandera de una manifiesta hostilidad intrínseca hacia la mujer. Transformando así una falsa violencia de género en una auténtica soledad de género.
Cuando algo está tan bien escrito, tan poéticamente claro y preciso, se resiste uno a comentar mucho más.



Gonzalo Vázquez: El drama tardolescente

Posted by: Gonzalo Vázquez

Tiene casi treinta años. Podría tener veinte o cuarenta. En lo esencial nada ha cambiado ni lo hará. En algún momento su carácter y posición en el mundo se detuvieron, como el aire de las cuatro paredes que lo encierran. Son muchos. En realidad demasiados. No se les oye ni ve. Viven ocultos, palpitan en secreto y como perciben la existencia a solas se deslizan como espectros a la intemperie social, que con disgusto deben cruzar a diario.
Una ramplona perspectiva material los ha venido explicando por el retraso en su independencia. Viven en casa de sus padres como si algo dramático fuese a variar de hacerlo fuera, en el alquiler de una habitación que comparten con otros iguales, donde a lo sumo cambiará el marco pero difícilmente el cuadro, en cuyo tenue interior apenas se ha reparado.
En el alma de ese eterno joven dormita una vida afectiva que sigue enfermando. Muy temprano asumió que su emoción no era permeable, que del intercambio amoroso universal había sido descartado y que sentimentalmente habría de bastarse a sí mismo. Que mejor le sabría renunciar a la vida social que seguir deambulando por ella y castigar así la conciencia con la privación que mayor tormento le causa.
Nada más decidió que resignarse. Y los años de rutina solitaria fortalecieron los barrotes que le separan del mundo exterior, el abismo que subraya su vulnerable condición.
Hubo un tiempo en que agrupado sentía algún calor. De noche se entregaba con otros al alcohol y hasta empleaba su primera lucidez en cruzar la orilla y acercarse a ellas. Eran momentos de una valentía instantánea, de una ingenuidad sin nombre que atenuaba el sinsabor de las negativas hasta la noche siguiente, como creyendo que siempre habría una más.
Ese tiempo ha pasado. Voló en un suspiro. Ahora apenas encuentra arreglo entre los mortales. Se siente ridículo en cualquier bar, un pasmarote sin sombra en corrillos que no le apetecen. Alguna vez se anima y entre compañeros más que amigos disfruta un ligero cosquilleo. Pero de reojo no pierde ocasión en descubrir un rostro bello, unas piernas suaves o unas formas glotonas y lamentar que algún otro las goce. Por eso de un trago vuelve en sí para acabar matando la noche en su refugio consumiendo a solas cualquier cosa de la FNAC, el comercio que más frecuenta y del que se atiborra a ritmo endiablado.
Porque careciendo de vida afectiva afirma la vida culta, motivo por el que su conciencia le recuerda sin piedad qué le lleva a matar su tiempo entre románticos y foreros que como él dieron la espalda a la luz. Y en penumbra encuentra un sordo placer en ignorar el ardor de las pasiones y hasta en masturbar aprisa sus brotes, cuya insistencia maldice.

Monedas


 En el anverso de la moneda, aquello que deseas. En el reverso, la consecuencia inevitable del anverso; el miedo a perderlo. En el centro...es difícil hallar el centro de una moneda, pues solo tiene dos caras, pero imagina todo el espacio alrededor de la moneda. Imagina incluso el espacio sin moneda alguna. Imagina que no deseas y que no temes. Hallarás el centro, porque en el centro está todo. No necesitas desear porque ya lo tienes, por tanto no tienes nada que temer. Esta ahí, solo tienes que buscarlo, pero, que difícil es buscar el centro en la inmensidad de la nada, en la vacuidad del todo. Que difícil es mirar a través de las monedas, seguir un camino sin bordes que lo definan, sin flechas que indiquen la dirección a seguir. Pero piensa que quizá no necesitas hallar referencias para encontrar el camino, pues el camino lo es todo. Piensa que quizá sería más conveniente evitar las referencias que nos dan las monedas, que son las que en realidad nos impiden ver el camino. O mejor, no pienses demasiado, pues podrías tropezar sin querer con alguna moneda. O mejor todavía, imagina monedas sin bordes, sin caras. Imagínalas reales, pero intangibles. Imagina la realidad y quizás puedas hallarla, pues nunca la podrás tocar, pero en cambio algo te dice que existe. Imagina y encontrarás. Pues tal vez, la realidad esté hecha de imágenes reales de monedas que no existen.

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